
El modelo ideal de los economistas basado en la tarificación del carbono, promovido por la Unión Europea a través de su Sistema de Comercio de Emisiones (ETS) y el Mecanismo de Ajuste en Frontera (CBAM), ha sido desplazado en la práctica global debido a acusaciones de proteccionismo climático y a la falta de consenso en el comercio mundial. En su lugar, la mayor esperanza inmediata para la reducción de emisiones proviene irónicamente de China, un enorme consumidor de carbón que históricamente se ha resistido a los objetivos vinculantes del carbono. Motivado principalmente por su seguridad energética y una estrategia industrial más que por objetivos ambientales, el gobierno de Beijing ha invertido billones de dólares en subsidios y exenciones fiscales para desarrollar tecnologías limpias, logrando inundar el mercado mundial con paneles solares y vehículos eléctricos de bajo costo. Por otro lado, el segundo y más inesperado impulsor de este cambio es Donald Trump, un absoluto negacionista del cambio climático cuyas políticas provocaron un fuerte choque en los precios del petróleo, manteniéndolo por encima de los 100 dólares el barril. Esta escalada de precios obligó a diversos países, incluido el propio Estados Unidos, a acelerar la transición energética y disparar las ventas de tecnología verde para sustituir la costosa demanda de crudo. Aunque este escenario basado en subsidios masivos y choques geopolíticos distorsiona las señales del libre mercado y carece de la predictibilidad del modelo europeo, el texto concluye que las externalidades positivas de contar con energía renovable accesible superan cualquier ineficiencia, convirtiendo a esta inusual alianza involuntaria en la mejor oportunidad climática actual.
Fuente: Diario Gestión, 25 de junio de 2026.